lunes, 19 de marzo de 2012

GLORIOSO SAN JOSE

Vienen a la mente, tantos recuerdos vividos en los años de formación al festejar la simpatia y santidad de San Jose, modelo de generosa entrega a Diosy de abnegada dedicación a sus encargos, San José, nada menos que Custodio del Señor. No me cansaré de contemplar la santidad heroica y la sencillez humilde del "carpintero" de Nazaret. Da muchisima alegria estar convencido, como San José, que no hay nada mejor, que dejar actuar la Gracia de Dios, como San José en la propia vida, apoyarse en El mas que en nosotros mismos. Le pido cada dia este mismo heroismo de ir desapareciendo y no ser obstaculo en sus cosas. Vale la pena perseverar: "Porque fué varón justo, le amó El Señor".

FELICIDADES A TODOS, AMIGOS SACERDOTES, QUE NUESTROS BUENOS PROPOSITOS SE LLEVEN A CABO POR LA INTERCESION DE SAN JOSE.

viernes, 16 de marzo de 2012

"TANTO AMO DIOS AL MUNDO"

Este cuarto domingo de Cuaresma nos presenta la realidad del Amor de Dios manifestado en el Hijo, que se dispuso a sufrir para salvarnos. Nos quedamos cortos al intentar dar una respuesta ante esta verdad, pero la encontramos en Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo". Ya San Agustin, considerando con profundidad los textos de la Escritura afirma que la Obra de la Salvación no es debida a méritos humanos sino que es debida a la Gracia, don de Dios. Ahora todo depende de nosotros, !que grande es nuestra libertad!


Acontinuación les coloco algunos textos que nos pueden iluminar y aprovechar la liturgia del próximo domingo. Saludos.

Las palabras «tanto amó Dios al mundo...» (v. 16) las comenta Juan Pablo II diciendo que «nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soterología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al “mundo” para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra “da” (“dio”) indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso “da” a su Hijo. Éste es el amor hacia el hombre, el amor por el “mundo”: el amor salvífico» (Salvifici doloris, n. 11).


La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo Unigénito (Jn 3,16), si nos espera —¡cada día!— como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32), ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 251).


"Muchos de los que son más desidiosos, abusando de la divina clemencia, para multiplicar sus pecados y acrecentar su pereza, se expresan de este modo: No existe el infierno; no hay castigo alguno; Dios perdona todos los pecados. Cierto sabio les cierra la boca diciendo: No digas: Su compasión es grande. El me perdonará la multitud de mis pecados. Porque en El hay misericordia, pero también hay cólera y en los pecadores desahoga su furor[1]. Y también: Tan grande como su misericordia es su severidad[2].

Dirás que en dónde está su bondad si es que recibiremos el castigo según la magnitud de nuestros pecados. Que recibiremos lo que merezcan nuestras obras, oye cómo lo testifican el profeta y Pablo. Dice el profeta: Tú darás a cada uno conforme a sus obras[3]; y Pablo: El cual retribuirá a cada uno según sus obras[4]. Ahora bien, que la clemencia de Dios sea grande se ve aun por aquí: que dividió la duración de nuestra vida en dos partes; una de pelea y otra de coronas. ¿Cómo se demuestra esa clemencia? En que tras de haber nosotros cometido infinitos pecados y no haber cesado de manchar con crímenes nuestras almas desde la juventud hasta la ancianidad, no nos ha castigado, sino que mediante el baño de regeneración nos concede el perdón; y más aún, nos da la justicia de la santificación" (Cf. Juan Crisostomo, homilias sobre el evangelio de san Juan/1, hom. 28, ed. Ciudad Nueva 15, 2da, ed. 2001 Madrid).


[1] Sir 5, 6.

[2] Sir 16, 12.

[3] Sal 61, 12.

[4] Rm 2, 6.

jueves, 15 de marzo de 2012

LA ORACION


Mientras realizaba el Oficio de Lectura de este dia me recorde del Evangelio del domingo recienpasado, a propósito del deceo de Jesucristo: "Adorar al Padre en Espíritu y Verdad".
Ya el final del s. I e inicios del II, la Iglesia ve la necesidad de presentar la novedad del Señor y enseñar a sus hijos a vivir el Evangelio. El sacerdote Tertuliano, en una parte del Africa, Cartagena, defiende a los partidarios de la nueva religión, amenazados por ideas contrarias, originando preciosas catequesis con las que contamos varias catequesis conservadas en la actualidad. De estas catequesis hemos meditado una parte, muy breve, pero enriquecedora, donde se nos explica, desde aquellos años, la importancia de la oración. La foto acontinuación expresa uno de los momentos del Señor, mientras reza. Luego la explicacion sobre la importancia de la oración de Tertuliano.


"El Evangelio nos enseña qué es lo que pide el Señor: Llega la hora -dice- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque Dios es espíritu y, por esto, tales son los adoradores que busca. Nosotros somos los verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, ya que, orando en espíritu, ofrecemos el sacrificio espiritual de la oración, la ofrenda adecuada y agradable a Dios, la que él pedía, la que él preveía

¿Qué podrá negar Dios, en efecto, a una oración que procede del espíritu y de la verdad, si es él quien la exige? Hemos leído, oído y creído los argumentos que demuestran su gran eficacia.

En tiempos pasados, la oración liberaba del fuego, de las bestias, de la falta de alimento, y sin embargo no había recibido aún de Cristo su forma propia.
su finalidad es servir de sufragio a las almas de los difuntos, robustecer a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los posesos, abrir las puertas de las cárceles, deshacer las ataduras de los inocentes. La oración sirve también para perdonar los pecados, para apartar las tentaciones, para hacer que cesen las persecuciones, para consolar a los abatidos, para deleitar a los magnánimos, para guiar a los peregrinos, para mitigar las tempestades, para impedir su actuación a los ladrones, para alimentar a los pobres, para llevar por buen camino a los ricos, para levantar a los caídos, para sostener a los que van a caer, para hacer que resistan los que están en pie." (Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la oración
(Cap. 28-29: CCL 1, 273-274)





lunes, 12 de marzo de 2012

CLIMA AGRADABLE EN ROMA

Luego de la nevada hace unas pocas semanas en Roma, estamos en los dias de transicion climático. Estos inicios de marzo son muy agradables: sol esplendoroso sin calor, arboles y plantas floreando, aire ameno. La ciudad lleno de colorido por personas de diversas nacionalidades que han decidido visitarla. En fin, no nos podemos quejar, por ahora del aire familiar que se respira en la Ciudad Eterna. En la foto un grupo de adolescentes de esta parroquia en la plaza navona y en el monte citorio, compartiendo de una alegre caminata por la ciudad. Pertenecen al grupo del Oratorio.


domingo, 11 de marzo de 2012

"ACUERDENSE DE SUS GUIAS, IMITEN SU FE." (Heb. 13,7).

Es tradicional los cuatro dias de retiro llevados a cabo en la Casa Pontificia del Vaticano en estos dias de Cuaresma. El Santo Padre ha querido que sean dias que ayuden a preparar el Año de la Fe". Para ello se ha elegido el texto citado de la carta a los Hebreos: "acuerdense de su guias, imiten su fe". Se trata de redescubrir a estos guias que han sido los pioneros de nuestra fe: los Santos Padres. De mi parte intentaré seguir la sabiduria de religioso Raniero Cantalamessa, encargado de desarrollar estos dias de retiro y que girará entorno a la sabiduria de los Padres dela Iglesia, los "gigantes de la Fe". Desde estas pocas lineas deceo que logremos aprovechar esta riqueza con la que contamos en la Iglesia. Aprevechar estos medios para hacernos de modo inmediato con estas fructuosas explicaciones.




Apenas ayer 10 de marzo se ha publicado integro el texto de la primera predicación. La figura ha sido San Atanasio y le tema: "San Atanasio y la fe en la divinidad de Cristo". He aquí el último párrafo de la predicación:


"(...) la divinidad de Cristo. Ella ilumina y enciende toda la vida cristiana.

Sin la fe en la divinidad de Cristo:

Dios está lejos,
Cristo permanece en su tiempo,
el Evangelio es uno de los muchos libros religiosos de la humanidad,
la Iglesia, una simple institución,
la evangelización, una propaganda,
la liturgia, la conmemoración de un pasado que ya no existe,
la moral cristiana, un peso no ligero y un yugo no suave.

Pero con la fe en la divinidad de Cristo:
Dios es el Emmanuel, el Dios con nosotros,
Cristo es el Resucitado, que vive en el Espíritu,
el Evangelio, la palabra definitiva de Dios a toda la humanidad,
la Iglesia, sacramento universal de salvación,
la evangelización, el compartir de un regalo,
la liturgia, encuentro gozoso con el Resucitado,
la vida presente, el principio de la eternidad.
Está escrito: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Jn 3, 36). La fe en la divinidad de Cristo es particularmente indispensable en este momento para mantener viva la esperanza sobre el futuro de la Iglesia y del mundo. Contra los gnósticos que negaban la verdadera humanidad de Cristo, Tertuliano alzó en su tiempo, el grito: "Parce unicae spei totius orbis", ¡No le quiten al mundo su única esperanza"(Tertull. De Carne Christi 5,3).
Tenemos que decirlo hoy a quienes se niegan a creer en la divinidad de Cristo.

A los apóstoles, después de haber calmado la tormenta, Jesús les pronunció una palabra que repite hoy a sus sucesores: "¡Ánimo!, soy yo, no tengan miedo" (Mc 6,50)."




jueves, 8 de marzo de 2012

EL CELO DE TU CASA ME CONSUME

Saludos queridos amigos y deceo de corazón a todos buenos frutos de la Gracia de Dios en este tiempo de Cuaresma. A propósito del próximo domingo tercero de este tiempo consideramos una escena conmovedor: El Hijo de Dios que expulsa a los mercaderos en el Templo de Jerusalén. Será reflejo de la triste realidad de la expulsión de Eva y Adán del Paraiso?. Pero sin duda alguna refleja la ceguera humana ante la Grandiosidad de todo lo referente a Dios. Con que facilidad somos capaces de desacralizar todo lo sacro. Creo que es necesario pedir a Dios nos conceda esta sensibilidad en la vida diaria y trabajar para que los hombres tengamos esta misma sensibilidad para acceder a todo lo referente de Dios. Frente a esta fuerza del materialismo y todas sus consecuencias en la vida actual, pidamos a Dios, Santo, tener un "Santo Temor de Dios" cada vez que tomemos parte a todo lo dedicado a Dios, lo pienso para mi, como sacerdote.

(Escena pictografica del Carabaggio)

Era normal que los Apóstoles que le acompañaban y acaso alguien más, recordase el contenido del Salmo 69 (68), 10: ‘Me consume el celo de tu casa’. Sí. Casi podríamos afirmar que el ambiente de recogimiento y oración, que era lo más propio de aquel lugar, se vería seriamente alterado si no era inexistente.

Espero sirva el siguiente texto escrita por San Juan Crisostomo:

"Me preguntaréis: ¿por qué Cristo obró de esa manera y demostró con esos severidad y dureza tales como en ninguna otra ocasión, ni siquiera cuando fue insultado, cuando se burlaron de Él o le llamaron «samaritano» y «endemoniado»? Pues, no contentándose con las palabras, hizo un látigo de cuerdas y los echó por ese medio. Cuando Jesús hace el bien a sus hermanos, los judíos protestan y se enfadan. En cambio, cuando les riñe con aspereza, no se enfurecen, como sería de esperar, ni pronuncian palabra injuriosa ninguna al ver aquello, sino que se limitan a preguntarle: «¿Qué signo nos das para comportarte así?». Tanta era su envidia que no podían soportar los beneficios a otros concedidos. Por lo que hace al Salvador, una vez dijo que habían convertido el templo en una cueva de ladrones, queriendo indicar así que todo lo allí vendido era fruto del robo, de rapiñas y de especulaciones ilícitas. La otra vez, por el contrario, dijo sólo que habían convertido el templo en una casa de comercio, denunciando con sus palabras la bajeza de sus negociaciones.

Pero, ¿qué le movió a obrar así? Como se disponía a sanar enfermos en sábado y a hacer otras cosas que eran consideradas por éstos transgresiones a la ley, para no aparecer como enemigo de Dios y como si hubiera venido a obrar todo eso como rival del Padre, el Salvador se comporta desde el primer momento de manera que claramente refute una idea tan desatinada. Jesús, que tanto celo demostraba por el honor del templo, no podía ser adversario del dueño del templo, de quien era adorado en él. Bastaban, por otra parte, los años ya pasados, durante los cuales Él había vivido en un absoluto respeto a la ley, para demostrar su obediencia y reverencia al autor de la ley y que no había venido para combatir ésta. Pero como, probablemente, aquellos años serían olvidados, porque no eran conocidos a todos, pues Él se crió en una familia humilde y modesta, en presencia de todos realizó esta obra, no sin grave peligro, en presencia de la multitud que allí se hallaba presente porque había acudido a la fiesta. No se limitó a echarlos, sino que, además, volcó sus mesas y derramó por tierra el dinero para convencerles de que quien corría tales riesgos por defender el honor de aquella casa, ciertamente no podía ser que despreciara a su dueño. Si al obrar así estuviera fingiendo, se habría contentado con amonestarles, pero exponerse a tanto peligro es, en verdad, una gran muestra de valor. No era cosa pequeña exponerse a la furia de los mercaderes y exponerse a provocar la reacción de una muchedumbre de hombres embrutecidos de alguien que quiere disimular, sino el de quien está dispuesto a padecer y correr peligros por defender el honor del templo. De ese modo, demuestra el Salvador que está completamente de acuerdo con el Padre tanto con las palabras como con las obras. No llamó al templo «casa santa», sino «casa de mi Padre». Llama a Dios su Padre y, al principio, los judíos no reaccionan ante esto, pues no entienden que haya que dar importancia especial a esas palabras. Pero como luego, a lo largo de su discurso, se expresó más claramente, llegando a declarar su perfecta igualdad con el Padre, se enfurecieron. ¿Qué le preguntaron entonces? «¿Qué signo nos das para comportarte así?» ¡Qué desatada locura! ¿Qué necesidad había de un signo para que dejaran de obrar y libraran el templo de tanta vergüenza? El gran celo por la casa de Dios de que hizo gala, ¿no era ya, acaso, un signo evidentísimo de ser sobrehumana su virtud? Así lo reconocieron los más prudentes, incapaces de engañarse sobre este particular. «Sus discípulos recordaron entonces lo que está escrito: el celo de tu casa me devora». Los judíos, en cambio, no se acordaron de la profecía y preguntaron: «¿Qué signo nos das?», pues les afligía la pérdida de su indigno negocio y esperaban evitar su pérdida invitándole a darles un signo que luego pudieran rebatir. Por lo cual, Él no les dio signo ninguno. Cuando por primera vez se le acercaron para solicitar de Él una señal, les dijo: «Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no les será dada otra que la de Jonás». En esa ocasión se pronuncia más claramente, mientras que aquí lo hace con cierta reserva y ello en razón de su ignorancia. Quien socorría al que nada le había pedido y quien por doquier hacía prodigios no habría rechazado su solicitud de no haber comprendido cuán perversa y fraudulenta era el alma de aquéllos." (Cf. San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística 15, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, pp. 282-28)

viernes, 2 de marzo de 2012

ESTE ES MI HIJO, EL AMADO: ESCUCHARLO

Si a Pedro, Santiago y Juan, Nuestro Segnor Jesucristo les permitio por un momento contemplar su Gloria, nosotros tambien tenemos tal posibilidad. Para ello Dios Padre nos hace ver que es posible por medio de la Escucha de su Palabra. Nos viene bien reflexionar de vez en cuando cuanto es importante el escuchar a Dios para experimentar desde aqui, la Gloria de Dios. Consideren lo que al respecto ensegnaba el Santo Padre Benedicto XVI:

"Cuando se tiene la gracia de vivir una fuerte experiencia de Dios, es como si se viviera algo semejante a lo que les sucedió a los discípulos durante la Transfiguración: por un momento se gusta anticipadamente algo de lo que constituirá la bienaventuranza del paraíso. En general, se trata de breves experiencias que Dios concede a veces, especialmente con vistas a duras pruebas. Pero a nadie se le concede vivir “en el Tabor” mientras está en esta tierra. En efecto, la existencia humana es un camino de fe y, como tal, transcurre más en la penumbra que a plena luz, con momentos de oscuridad e, incluso, de tinieblas. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se realiza más en la escucha que en la visión; y la misma contemplación se realiza, por decirlo así, con los ojos cerrados, gracias a la luz interior encendida en nosotros por la palabra de Dios."
(12 de marzo del 2006)


En la experiencia del Tabor tambien Nuestro Segnor nos ensegna el valor de la oracion como fuente de luz interior, desde donde el espiritu humano puede adherirse al de Dios y nuestra voluntad se hace uno con El.


"La liturgia vuelve a proponer este célebre episodio precisamente hoy, segundo domingo de Cuaresma (cf. Mc 9, 2-10). Jesús quería que sus discípulos, de modo especial los que tendrían la responsabilidad de guiar a la Iglesia naciente, experimentaran directamente su gloria divina, para afrontar el escándalo de la cruz. En efecto, cuando llegue la hora de la traición y Jesús se retire a rezar a Getsemaní, tomará consigo a los mismos Pedro, Santiago y Juan, pidiéndoles que velen y oren con él (cf. Mt 26, 38). Ellos no lo lograrán, pero la gracia de Cristo los sostendrá y les ayudará a creer en la resurrección.

Quiero subrayar que la Transfiguración de Jesús fue esencialmente una experiencia de oración (cf. Lc 9, 28-29). En efecto, la oración alcanza su culmen, y por tanto se convierte en fuente de luz interior, cuando el espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden como formando una sola cosa. Cuando Jesús subió al monte, se sumergió en la contemplación del designio de amor del Padre, que lo había mandado al mundo para salvar a la humanidad. Junto a Jesús aparecieron Elías y Moisés, para significar que las Sagradas Escrituras concordaban en anunciar el misterio de su Pascua, es decir, que Cristo debía sufrir y morir para entrar en su gloria (cf. Lc 24, 26. 46). En aquel momento Jesús vio perfilarse ante él la cruz, el extremo sacrificio necesario para liberarnos del dominio del pecado y de la muerte. Y en su corazón, una vez más, repitió su “Amén”. Dijo “sí”, “heme aquí”, “hágase, oh Padre, tu voluntad de amor”. Y, como había sucedido después del bautismo en el Jordán, llegaron del cielo los signos de la complacencia de Dios Padre: la luz, que transfiguró a Cristo, y la voz que lo proclamó “Hijo amado” (Mc 9, 7).

Juntamente con el ayuno y las obras de misericordia, la oración forma la estructura fundamental de nuestra vida espiritual. Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a encontrar en este tiempo de Cuaresma momentos prolongados de silencio, posiblemente de retiro, para revisar vuestra vida a la luz del designio de amor del Padre celestial. En esta escucha más intensa de Dios dejaos guiar por la Virgen María, maestra y modelo de oración. Ella, incluso en la densa oscuridad de la pasión de Cristo, no perdió la luz de su Hijo divino, sino que la custodió en su alma. Por eso, la invocamos como Madre de la confianza y de la esperanza." (Benedicto XVI, 8 de marzo del 2009).