



Corramos también nosotros con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sin para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces ... Alegremonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra infima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, levarnos hasta la familiaridad con él". (San Adrea de Creta, Sermón 9 sobre el Domingo de Ramos: PG 97, 990-994)







“Un corazón puro, un corazón nuevo, es el que se reconoce impotente por sí mismo, y se pone en manos de Dios para seguir esperando en sus promesas”.
Que impactante expresión: "reconocerse impotente por nosotros mismo" y descubrir la maravilla de la Acción de Dios, su Gracia para encausar nuestra debil voluntad, a su Voluntad.
"He venido para que sientan mi afecto. Cada uno de ustedes es un regalo de Dios para México y para el mundo. Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad han de trabajar unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones.
Por ello, deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza.
Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano. Participen en la Misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad. Eso mismo vivieron los beatos Cristóbal, Antonio y Juan, los niños mártires de Tlaxcala, que conociendo a Jesús, en tiempos de la primera evangelización de México, descubrieron que no había tesoro más grande que él. Eran niños como ustedes, y de ellos podemos aprender que no hay edad para amar y servir."
